EL ARTE EN LA PREDICACIÓN DE LA FE
A lo largo de la historia, la Iglesia ha utilizado diferentes medios para transmitir su mensaje. Vamos a ver alguno de ellos:
Desde un principio aceptó los que la cultura griega, judía o romana le proporcionaban. El papiro o el rollo de pergamino sirvieron como soporte del contenido de la Buena Nueva de Jesús. La palabra escrita ofrecía la garantía de la objetividad, la continuidad y la seguridad.
Pronto dio el salto de éstos a los manuscritos. Éstos fueron los medios que utilizaron los Santos Padres para entregarnos su palabra, su experiencia y su saber. Por ello, a menudo la iconografía los representa con un libro en la mano o rodeados por una biblioteca.
Durante la Alta y la Baja Edad Media la Iglesia occidental recibió la aportación cultural del monacato. Los monasterios, lugar de oración y estudio, conservaron y difundieron la cultura. En sus escritorios se copiaban códices antiguos, y los monjes se esforzaron por preservar y comunicar el saber por medio de los manuscritos.
En la era Gutenberg, inventor de la imprenta, la Iglesia supo reconocer en la imprenta y en el libro el extraordinario vehículo que suponía para hacer llegar el contenido de la fe a la multitud creyente, a pesar del riesgo de interpretación subjetiva de los textos.
El arte: pedagogía de la fe
Pero no fueron éstos los únicos medios de que se sirvió la Iglesia para hacer más inteligible el mensaje cristiano. También recurrió al arte para presentarlo de manera atractiva.
La Iglesia primitiva se liberó de la herencia judía que prohibía las imágenes y superó el miedo de quedar equiparada a las religiones politeístas griegas y romanas que convertían las imágenes en ídolos. De este modo descubrió en el arte un medio exquisito para transmitir la fe cristiana.
La arquitectura, la escultura, la pintura, la música... pasaron a ser instrumentos de encuentro con la trascendencia y portadores de un mensaje de salvación.
Durante siglos la Iglesia fue la gran promotora e inspiradora del arte. Por medio de la contemplación de estas expresiones artísticas el ser humano pudo encontrar razones para creer, vivir y esperar. Para algunos éstas eran las únicas Biblias a las que tenían acceso, ya que gran parte de la población no sabía leer.
Cada artista hace su propia interpretación del pasaje bíblico, personaje o tema religioso que representa. Como representante de su época, nos transmite cuál es el sentir teológico de la comunidad cristiana sobre el misterio de Cristo, María, la Iglesia y cuáles son las luchas y preocupaciones que anidan en el corazón de sus coetáneos.
Por ello, entrar en contacto con una obra religiosa, además de admirar su belleza, supone descubrir el mensaje religioso que encierra, el credo que la inspiró. No podemos comprender el rico patrimonio artístico de nuestras iglesias sin adentrarnos en el universo creyente que simbolizan.
Sentido trascendente en las artes plásticas
Sin duda el arte tiene, de por sí, estrecho parentesco con la religión, Arte y religión son dos caminos por los que el hombre escapa de la circunstancia al éxtasis (Clive Bell). La función del arte -dijo Pio XII- es la de romper el estrecho y angustioso recinto en que se siente encerrado el hombre y abrir a su anhelante espíritu una ventana hacia el infinito. Todo gran arte es oración, decía Ruskin. Con más propiedad habría que decir: Todo gran arte es preludio a la oración. Todo gran arte es religioso en el sentido que remueve las más profundas raíces del ser, haciéndole sentir su esencial contingencia. Van Gogh decía que al hombre le bastaba profundizar en cualquier hecho -en la pintura de Rembrandt o en la Revolución Francesa, por ejemplo- para descubrir a Dios en el fondo. Esforzaos por comprender la última palabra que dicen en sus obras los grandes artistas, los autores serios: allí en el fondo hallaréis a Dios.
